domingo, 29 de junio de 2008

Cobre en Chile durante la Colonia

El cobre en Chile durante la Colonia:
La producción de cobre en nuestro país durante la época de la Colonia se calcula en 200.000 toneladas, es decir, menos de 800 toneladas por año. Sin embargo, este dato puede ser incierto por cuanto Chile extraía y exportaba una gran cantidad de cobre que iba al extranjero como contrabando, negocio al cual se dedicaban muchos comerciantes ingleses.
Durante la Colonia el cobre adquirió un gran valor para países como España, Perú y Chile, ya que era empleado en la manufacturación de cañones, que luego fueron instalados en las fortalezas de Callao, Valdivia y Cartagena.
El mineral era extraído principalmente de Aconcagua y Coquimbo de minas a tajo abierto. El cobre se transaba sólo a pedido, el que podía tardar hasta 10 años en la entrega y con un precio de cuatro pesos el quintal, pero con los fletes y recargos subía a 16 pesos.
El cobre fue explotado por los indígenas de Chile y usado en la gran mayoría de los utensilios más necesarios como martillos, cuchillos, instrumentos de carpintería, alfileres, espejos, etc., en lugar del bronce. El uso del fierro era enteramente desconocido por los aborígenes, igual cosa acontecía con los pobladores primitivos del Perú que usaban una aleación que templada de una manera especial, formaba uno de los metales más resistentes conocidos. El secreto del temple de este metal se perdió con la extinción de esa raza.
Los iniciadores de la industria del cobre en la época de la Colonia fueron Almeyda (portugués), Borkoski (alemán), Gallo (italiano), y Subercaseaux (francés). Las explotaciones más afortunadas fueron las de Puquios (III Región), y las del Cerro Payen (IX Región). Antecedentes de las grandes riquezas de este último quedaron registrados en las memorias del explorador francés Martín de Moussy, publicadas en París en 1715.
Uno de los más valientes productores de cobre de la zona fue Pedro de Fraga, portugués, quien levantó un ingenio de cobre en Ramadilla cerca de Copiapó.
La explotación Colonial de los veneros de cobre, hecha a tajo abierto, tuvo su principal campo de acción en la región comprendida de Petorca al Choapa y en Coquimbo. El cobre extraído de la provincia de Aconcagua era sumamente resistente y debido a su peculiar sonido, se le denominó cobre campanil, empleándolo en su mayoría en la fabricación de campanas y piezas de maestranza. El cobre extraído de Coquimbo, más dulce y más maleable, se usaba en la manufactura de utensilios de cocina, herramientas y artefactos. Muchas de las pilas bautismales de las sacristíasde Santiago fueron fundidas con este cobre.
El chancado del metal se llevaba a cabo con pesados mazos de madera y una vez reducido a pequeñas colpas era conducido en costales al lugar donde se procedía al beneficio para obtener un metal puro. Esta operación se efectuaba en curiosos aparatos que tenían gran semejanza con los hornos de barro comúnmente utilizados en el campo para cocer el pan. La combustión era avivada por fuelles o mangas que eran sopladas incesantemente, en ambos costados del horno, por dos operarios llamados miteros. El aparato en su conjunto se denominó horno de manga. Debido al reducido tamaño del horno, sólo se podía obtener una barra de cobre con el peso de un quintal aproximadamente.
A causa de estos primitivos procedimientos, los fundidores desechaban los sulfuros o bronces, arrojándolos a los desmontes. Este error fue corregido más tarde por Carlos Lambert al inventar el horno de reverbero.
En 1707, un siglo más tarde, el precio del metal había subido a 20 pesos puesto en Lima. Este aumento no tuvo relación con la demanda o el desarrollo natural y progresivo del comercio, sino más bien por la carestía de los operarios. Anteriormente, el mineral era extraído por indios esclavos que "no comían ni bebían sino sus lágrimas, este salario de los desdichados", según grafica Vicuña Mackenna. De esta forma fueron desapareciendo con tanta rapidez, que una década después de la Independencia, no alcanzaban a doscientos en todo Chile. Es así como la minería se encareció y decayó.
La Serena tuvo grandes almacenes para la venta de los artefactos de cobre que eran fundidos en la región. En Santiago, el francés Juan Lavigne, ejercía casi el monopolio de este comercio con su almacén de calle Santo Domingo.
Afortunadamente, en 1756, en el puerto de Valparaíso se produjo una gran demanda de pailas de cobre para cocimiento, solicitadas desde Arica, las que, más tarde, fueron exportadas a Lima. Luego en 1770 hubo otra alza del precio del metal rojo, debido al pedido urgente, donde el propio Rey ordenó comprar todo el cobre existente en Chile.
Durante el régimen mercantil de la Colonia la producción de cobre nunca fue mucha, e incluso cuando el Rey mandaba confiscar el metal por el tribunal encargado de impartir la justicia y respetar la propiedad, a las bodegas de Valparaíso, rara vez lograba obtener una cantidad suficiente. En este sentido, la importancia del cobre resurgió produciéndose la creación de la Diputación de Minas con el creciente consumo europeo de cobre lo que avivó notablemente la producción de este metal, al finalizar la época Colonial.
Esta bonanza no fue duradera, debido a que entre 1810 a 1818, la República estuvo luchando con los españoles, por tanto, la explotación minera se vio drásticamente restringida.
Las faenas mineras estaban ubicadas entre el Río Salado por el Norte y comprendían la provincia de Aconcagua por el Sur. Durante la revolución de la Independencia el cobre desempeñó un importante papel. No existe constancia que este metal sirviera para la fundición de piezas de artillería pero sí se sabe positivamente que la mayoría de las balas disparadas contra el ejército español fueron fabricadas con el cobre indígena chileno.
La aflictiva situación de la industria cuprífera durante ese tiempo tenía su explicación en la situación precaria del país y del Gobierno, ya que no tenía dinero ni siquiera para efectuar el pago del ejército. En 1825 el capital inglés comenzó a tomar parte en las explotaciones de las minas nacionales. Aparecieron industriales con importantes patrimonios a sumarse a la explotación de cobre, algunos de ellos eran Waddington, Sewell y los hermanos Alejandro y Roberto Walker.
Los yacimientos más famosos de la época fueron La Higuera y Tamaya ambos en la provincia de Coquimbo. En 1790 Tamaya pertenecía a J. Félix Marín Aguirre quien en 1805 lo vendió a su yerno Bernardo del Solar. En 1827 del Solar enajenó este mineral a sus hijos en 40.000 pesos.
No muy lejos, en la Hacienda de Sotaquí del departamento de Ovalle, residía el que se convirtió, al poco tiempo, en el Fundador de la Industria del Cobre en Chile, José Tomás Urmeneta, por mientras administraba los campos de su cuñado, Mariano Ariztía.
Urmeneta compró la mina Moyaca situada en Tamaya, propiedad de su cuñado, pero todo lo ganado en este negocio lo gastó para encontrar la gran veta de Tamaya. Fue tal su obsesión por hallar un tesoro, que redujo su fortuna hasta llegar a la completa miseria, viéndose obligado a vivir con su esposa e hijas en un humilde rancho en la mina.
En 1850 Urmeneta, el cual fue apodado "el loco del burro" por sus conocidos, logró su objetivo. En poco tiempo el nuevo pique de Urmeneta rindió de 1852 a 1882 la suma de 39 millones de pesos y Tamaya entero como diez veces esa cantidad.
En 1858 Urmeneta y Maximiliano Errázuriz fundaron el establecimiento de Guayacán que comenzó a producir mensualmente 400 toneladas de cobre.
Desde 1831, año en que se instaló Lambert a fundir secretamente los bronces de Tamaya, hasta 1841, en que se divulgó el procedimiento usado, la minería del cobre sufrió una especie de letargo o adormecimiento, pero a partir de este momento los descubrimientos en el desierto no se hicieron esperar. En 1835 Diego de Almeyda encontró los yacimientos de El Salado y las Animas y el renombrado explorador, Federico Varela, obtuvo sus dos primeros millones de pesos en esta actividad.
El valle de Huasco también fue testigo de otro importante mineral: Carrizal Alto. Este grandioso depósito fue descubierto en 1790 por un indígena y trabajado a tajo abierto por los españoles y por chilenos durante la época de la Colonia y principio de la República. A poco andar, el descubrimiento del secreto del horno de reverbero de Lambert, hizo famosa a la provincia de Coquimbo, ya que gracias a este método de fundición Chile llegó a exportar a Europa más de 5.000 toneladas de cobre en 1834.